17/10/11

Ayer, de Agota Kristof

Me resulta muy complicado hablar sobre Ayer. Como toda gran novela la experiencia lectora no puede ser sustituida por ninguna explicación.
En la entrevista concedida a El País en 2007 Kristof comentaba que Ayer es su novela más autobiográfica. Como ella durante muchos años, el protagonista trabaja en una fábrica de relojes repitiendo mecánicamente los mismos movimientos hora tras hora, día tras día, en un país extraño, entre compañeros que hablan una lengua desconocida.

Habría que indagar en la voz masculina de sus narradores y protagonistas.

Creo que ya he contado cual fue mi primera impresión al leer Ayer. Me quedé paralizado tras leer el primer capítulo con la sensación de tener entre mis manos una obra extraordinaria y singular. Y así es.

Nací en un pueblo sin nombre en un país sin importancia”… toda guerra, toda tiranía toda invasión, todo desplazamiento, conducen a las personas a la misma indefensión, al mismo e infinito, universal, desamparo y desarraigo. En esas condiciones poco importa si tu país de origen es Hungría y debes emigrar a Suiza, desconociendo a sus gentes y su idioma. Cualquier lugar carece de importancia, cualquier nombre que se le de no hará que la desdicha sea menor. Puede que Ayer sea su novela más autobiográfica. Pero es irónico que la narración no se centre en un personaje femenino y que el narrador, masculino, comparta circunstancias comunes con la autora. Todos los personajes son Agota Kristof, porque el verdadero foco narrativo y el verdadero narrador es la desesperanza que emanan sus textos.
Y es eso lo que hace brutalmente conmovedora la prosa poética de Kristof, el desarraigo y la desesperanza, que llegará a su máximo exponente en el primer libro de Claus y Lucas donde esos sentimientos devienen en amoralidad. No hay problemas morales cuando no sabes que existe una moralidad.
Pero de eso ya hablaremos en su momento.
La infelicidad del narrador de Ayer está motivada por la falta de conciliación entre la realidad y los deseos. Como siempre. Es un hombre desgraciado desde su infancia, aunque entonces él no lo sabía. “Incluso tuve una infancia feliz, porque no sabía que existieran otras infancias”. A posteriori puede analizar la miseria que siempre ha rodeado toda su vida y compararla con la procacidad de su existencia, trabajando mecánicamente en una fábrica de relojes, sin apenas relaciones, sumergido en un mundo onírico y poético, pero también atroz, que le atormenta.
El narrador muere en el primer capítulo del libro:
Eché la cabeza hacia atrás y con los brazos separados me dejé caer. Hundí el rostro en el barro frío y no me moví más.
Así fue como me morí.
Pronto mi cuerpo se confundió con la tierra

Aunque luego confiesa que no murió.
Pero persiste, en toda la narración, esa voluntad de estar muerto, de confundirse con la tierra. El narrador conoce la felicidad. Y luego la pierde. Y se deja morir confundiéndose con la realidad.

—Pequeño, vengo desde muy lejos. Dime ¿por qué miras la luna?
—No es la luna —respondió el niño, molesto—, no es la luna lo que miro, es el porvenir.
—Yo vengo de allí —le dije, bajito—, y no hay más que campos muertos y fangosos.
— ¡Mientes, mientes! — gritaba el niño— Hay dinero, luz, amor. Y jardines llenos de flores.
—Yo vengo de allí —repetí, muy bajo—, y no hay más que campos muertos y fangosos.

Y sí no hay literalmente “campos muertos y fangosos”, el porvenir está lleno de mediocridad.
Pero (y es importante en Ayer y en Claus y Lucas) de alguna manera la literatura salva a los personajes.
Y nosotros somos los beneficiados.

Los fragmentos de Ayer de la traducción de Ana Herrera para El Aleph Ediciones.