31/10/12

Hacia el oeste, el avance del imperio continúa, de David Foster Wallace



L.M.: ¿Por qué la metaficción es una trampa? ¿No es eso lo que hiciste en “Hacia el oeste”?
DFW: Eso es una bobada. Y es posible que le único valor de “Hacia el oeste” fuera mostrar la clase de bucles pretenciosos en los que se cae si se anda haciendo el gilipollas con la recursión. Mi idea en “Hacia el oeste” era hacer con la metaficción lo que Moore con la poesía o lo que el Libra de DeLillo había hecho con otros mitos mediatizados. Quería lograr la explosión del Amagedón, la meta siempre de la metaficción, quería quitármela de encima, y tras salir de entre los escombros reafirmar la idea de que el arte era una transacción viva entre humanos, ya fuera esta transacción de carácter erótico o altruista o sádico. Dios, solo hablar de ello me provoca arcadas. La pretensión. A los veinticinco años se le debería encerrar bajo llave y negarles tinta y papel. Todo lo que quería hacer lo vertí en la historia pero se vertió como lo que era: rudimentario, ingenuo y pretencioso.

Conversaciones con David Foster Wallace ; Una entrevista ampliada con David Foster Wallace, de Larry McCaffery (1993); traducción de José Luis Amores, editorial Pálido Fuego.


A pesar de lo que comenta Wallace, Hacia el oeste, el avance del imperio continúa me ha parecido un relato ejemplar. ¿Relato o novela? Incluido en La niña del pelo raro junto a nueve relatos más, su extensión, unas 150 páginas, la sitúa en ese extraño limbo del relato largo y la novela corta. Tal vez, la falta de confianza en el relato y en su estructura por parte de Wallace, le hizo sepultarla (ocultarla) junto a otros relatos para que se mimetizase entre ellos, para que, de alguna forma, le quitase la relevancia que algún lector ingenuo y pretencioso, como yo, podría darle.
En fin, contra el criterio del propio escritor, Hacia el oeste me ha parecido una novela magnífica.
Y no solo por lo que cuenta y cómo lo cuenta, sino por la tensión autoreferente del propio texto, la lucha que se establece entre la metaficción y el realismo.
Hay una imagen, especular y referente, hacia el final de la novela que, quizás, indica cierta conjunción del texto de Wallace con The reivers (Los rateros o La escapada, según distintas traducciones) de William Faulkner. Es en la novela de Faulkner donde hemos visto con anterioridad a un animal de tiro sacando del fango a un automóvil. Y es curioso porque The reivers plantea la difícil transición entre una época que languidece y las nuevas tecnologías emergentes. En un entorno rural, como en el que al final se desarrolla Hacia el oeste, el vehículo a motor, prohibido por una estúpida y retrógrada ley promulgada por el Coronel Sartoris, se enfrenta, simbolizando al mismo tiempo la libertad, tanto a la ley como a la tradición. Una lucha entre caballos y coches.
El peculiar coche en el que avanzan los personajes del relato-novela de Wallace ha perdido su carácter de símbolo de libertad. Se ha convertido en un objeto común. Pero éste tiene la peculiaridad de no ser un automóvil producido en serie. Se ha construido empleando piezas de distintos coches, es una labor artesanal de reciclado… y, como era de esperar, no funciona correctamente.
Quiero pensar, lo cual no quiere decir que Wallace hubiese podido verlo así, que hay cierto paralelismo entre esa lucha representada por el coche, entre avance y tradición que plantea Faulkner y la que, empleando simbólicamente también un automóvil, establece Wallace entre la metanarratividad y el realismo:

Sin embargo, Mark siente en su vientre joven y liso que dicho relato no sería metanarrativo. Porque la metanarrativa es una amante infiel. No sabe traicionar. Solo sabe desvelar. Ella misma es su único objeto. Es el acto de amor consigo misma de una solipsista solitaria, es una lamparilla de noche en esa quinta pared que es la condición del sujeto, es un rostro en la multitud. Es una amante que no es amante. Que se besa su propia cola. Que se folla a sí misma.
(...)
Por favor, no se lo cuenten a nadie, pero Mark Nechtr desea, en algún día lejano y esforzado, escribir algo que emocione de verdad. Que lo atraviese a uno, que le haga pensar a uno que va a morirse. A lo mejor ese algo se llama metavida. O metanarrativa. O realismo. O gfhrytytu. No lo sabe. Y se pregunta a quién demonios le importa. A lo mejor no se llama de ningún modo. A lo mejor es la enrevesada relación que se establece en los actos de traición. En el hecho de que «venderse» es fundamentalmente una afirmación redundante. Y es probable que esa cosa use la metanarrativa como un disfraz resplandeciente y sonriente, como una indumentaria que ya no llevara zapatos de trapo, porque la metanarrativa es una lectura sin riesgos (...)
(…)
Mira (...dice Mark...): dividir todo esto de la narrativa en realista, naturalista, surrealista, moderna, pos-moderna, neorrealista y meta- es como dividir la historia en cósmica, trágica, poiética y apocalíptica. Es como dividir a los seres humanos en blancos, negros, morenos, amarillos y anaranjados. Atomiza, no cohesiona a las multitudes, y, como todo lo que es intemporalmente insensato, lleva al odio ciego, la lealtad ciega y la súplica ciega.         

Wallace se debate entre la construcción de un relato eminentemente metanarrativo y la total negación de toda metanarratividad dentro del relato. La emplea y la rebate, teoriza sobre ella y la rechaza mientras la emplea. Denuncia a la metanarrativa por ser un síntoma de un deleznable solipsismo al tiempo que admite el solipsismo como inherente a cada ser humano.
Así, todo el texto de Hacia el oeste se constituye en una tesis sobre lo que debería ser la narrativa contemporánea y la contradicción que encierra. Y todo eso bajo el lema del Destino manifiesto implícito en el viaje hacia el oeste que realizan los personajes, abriendo la ruta de unos pioneros hacia un lugar situado en medio de la nada, entre maizales, y que representa la impostura y la artificialidad del consumismo más salvaje, representado por un Disneyworld-McDonalds en el que se celebra una reunión de personas que han participado en anuncios televisivos y patrocinado por un actor televisivo. Un evento que es la representación de todo aquello más criticable y falso, al mismo tiempo que multitudinariamente aceptado, de nuestra sociedad de consumo.
¿Rechazó Wallace este relato, no tanto por lo pretencioso de su ejercicio metanarrativo, sino porque el simbolismo de éste queda patente?
Todo lo que teóricamente Wallace quería desarrollar en su narrativa, como se puede comprobar con la lectura de Conversaciones con David Foster Wallace, queda explicado, tal vez no de manera satisfactoria para él, en Hacia el oeste.
Quedémonos con esa imagen, la del caballo arrastrando al coche manufacturado para sacarlo del barro, la imagen del realismo desatascando a la metanarratividad, enfangada en una contradicción de la que no puede salir. La de la necesidad del realismo, sí, pero de un realismo renovado que avanza penosamente por el lastre de la metanarratividad. La necesidad de conjugar ambas tendencias sin olvidar la dependencia que tienen una de otra.

NOTA: No sé si esto está implícito en el simbolismo, aceptando que existe cierto simbolismo en el relato-novela de Wallace y su relación con Faulkner, pero en The reivers un campesino ha decidido que le resulta más rentable en vez de arar su campo, hacer lo propio con el camino por el que circulan los vehículos y esperar, después de las lluvias, a que queden atrapados en el barro y ofrecerse, por un módico precio, a desatascar del barro ayudado por su mula a los viajeros incautos.
¿Es eso la metanarrativa, un barrizal impostado por el que debemos pagar un peaje que David Foster Wallace se negaba a pagar?

Los textos de La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair); traducción de Javier Calvo para Random House Mondadori

4 comentarios:

Francis Black dijo...

Te gusta mucho la literatura norteamericana, no ?

Darío dijo...

Un amigo dice que hay 4 tipos de escritores:
1) Clásicos
2) Modernos
3) Posmodernos
4) David Foster Wallace

Anónimo dijo...

Recien comenzé "La broma infinita", mi primer Wallace.
No sé si es conveniente leer opiniones ajenas o dejarme llevar por mi criterio.Creo que optaré por lo segundo.Atte,
Marcelo.

Atherida dijo...

Tu amigo, el de los 4 tipos de escritores, tiene razón. Magnífico post.